jueves, 25 de abril de 2013

¡Qué bonito es estar feo y que lo quieran mucho!

Queridos todos:

Como ya la mayoría de ustedes sabe, mañana de madrugada salgo hacia la Veracruz con mi discurso enrolladito en el escote y unos zapatos muy monos que compré hace tres años, para “una ocasión especial” y que no me había estrenado. Pero no puedo irme así, como el burro, sin antes reconocer y agradecerles de todo corazón los ánimos, la ayuda y la paciencia (inmerecida) que me dieron para que Puertas demasiado pequeñas se convirtiera en algo real. Si esto fuera mi boda, ustedes serían los invitados de honor. La lista es larga, así que por favor búsquense como en directorio telefónico. Los quiero mucho. El mérito es de ustedes, aunque el cheque me lo quedo yo.

Lo primero es la familia. Ya sabemos que nadie de la familia va a leer esto, pero es muy importante darles su lugar. ¡Saludos a mi abuelita Natalia! A Erika por decirme “anímate, es lo que siempre te ha gustado”, a doña Carmen por iniciar la tradición librófila en la familia y por todas las veces que me dijo “¡No te rajes!”. A papá por traerme del tingo al tango entre las casas de sus clientes anticuarios cuando estaba chiquita y por todo lo demás que se le tiene que agradecer a un papá. A mamá por el corazón que me regaló.

Y luego está la familia de acá: mi Jannis (qué sería de mí sin mi Jannis), Luisito Amador (hermano del alma) y Guillermo Guerrero, quien además de ser el patrocinador oficial de whisky, me alimentó cuando desfallecía, me sacó de casa cuando ya no recordaba cómo era la luz, escuchó mis desvaríos, me tuvo la paciencia del santo y se leyó todos los borradores. Memo es amor. Es la imagen misma del estoicismo.

Las palmas y las caravanas, las fanfarrias y las loas para mis dos entrañables maestras: Laia Jufresa y Verónica Murguía. Sin su estímulo y ayuda yo todavía andaría caminando en círculos como un mayate amarrado de la pata. Infinitas gracias.

Cuando todavía vivía en Oaxaca, en aquel hermoso departamento a la vuelta del Zócalo, fue determinante la presencia de amigos como Shaolín, Piti, Mario, Negro, los vecinos Efraín y Rosana que estuvieron conmigo cuando se gestaban apenas las primeras hojitas. Y doña Luz, que me decía siempre “todo es cuestión de proponerse” y me inspiraba con su ímpetu vital de hormiga atómica.

A mis queridas Escritoras Kamikaze: Gilma Luque, Nadia Villafuerte, Iliana Olmedo, debo agradecerles que me hayan enseñado a renunciar a lo que sea con tal de perseguir a la literatura, y a tomar mezcal por los codos.

Agradezco a los amigos defeños que hayan hecho de esta ciudad un buen lugar para escribir una primera novela, aunque normalmente se pensaría todo lo contrario: Guadalupe Nettel, Pablo Raphael, Pedro Hesiquio, César Gutiérrez, Antonio Colín.

A los entrañables amigos que viven en otras latitudes: Paula de Maupas, Marcelo Texeira, Lauren Benett, Gustavo Riva, Catalina González, Antonio Tuya, Julio Serrano, Andrea Montejo, Jose Hamad, Nicole, además de agradecerles sus ánimos, su apoyo y los buenos momentos quiero pedirles por favor que vayan preparando la colchoneta, porque espero visitarlos muy pronto.

De manera muy especial, y para cerrar con broche de oro (ese dicho lo aprendí en un palenque) quiero agradecer a los lectores de Puertas demasiado pequeñas: a los posibles lectores, a los lectores del pasado, a los que la están leyendo ahorita por todo este relajo del premio, no sea que les pregunte “¿Ya la leíste?” por quincuagésima vez. Me han sorprendido mucho y de manera muy grata. También me sorprenderán las críticas, y de manera no tan grata, pero prometo ser muy valiente (no oigo no oigo, soy de palo, tengo orejas de pescado) y agradecerles de igual manera que hayan dedicado un poquito de su tiempo a dar sentido a todo este trabajo. Eso, ya de entrada, vale mucho la pena.


México D.F., 25 de abril de 2013

lunes, 14 de enero de 2013

EL QUE MUCHO ABARCA, POCO APRIETA

Cloud Atlas o el arte de enredar seis historias 
(no contiene spoilers)
Fui a ver Cloud Atlas de pura casualidad, ni siquiera sabía de qué se trataba. Yo iba al cine con intención de ver Vida de Pi, más por el gusto de ver a un gato grande en una pantalla grande, pero a la hora de la hora se me desantojó porque mi querida Iliana Olmedo ya me había regalado el libro en mi cumple y no puede ser mejor la peli que lo imaginado por mi cabezota, entonces decidí entrar a la sala de Cloud Atlas, el nombre no dice mucho, pero el cartel sí... de hecho creo que dice demasiado. En esa película todo es demasiado.

Dice el refrán que el que mucho abarca poco aprieta, y creo que eso fue lo que pasó con el criticado y abucheado y controvertido filme de Tom Tykwer (Corre Lola, corre) y los hermanos Wachowsky (Matrix), basado en una novela de David Mitchel que no sé si leeré algún día.

De cine no sé más que sentarme a comer palomitas, así que no me voy a poner a criticar eso. Si vemos el argumento de Cloud Atlas como 6 historias simples y bien contadas, entrelazadas por la premisa de los mundos paralelos y la reencarnación, entonces sí, tenemos una cosa buena, ¡muy buena! Pero por donde se le vea, una sola sentada de 3 horas es insuficiente para profundizar en 6 historias, identificarse con los personajes, lograr el clímax y el desenlace de cada una de ellas y de todas en suma. El intento, no obstante, es muy respetable.

Lo interesante de todo este asunto...
Me parece que Cloud Atlas se arriesga a cuestionar qué tanto estamos condicionados a determinados modelos argumentales. Que si el primer clímax tiene que suceder al minuto tal, que si en cierto momento de la historia es obligado que se besen los novios o que se peleen el chicho contra el villano y justo antes de dar todo por perdido llega algo o alguien a salvar el día.

Lo peor es que cualquier otro modelo que se aleje un poco de esta súper asimilada convención nos causa insatisfacción y desconcierto. Estamos condicionados como perros de Pavlov, como las parejas que pasan muchos años haciendo el amor de la misma manera y si les cambian la jugada tantito ya no la arman.

¿Qué tanto hay que alejarse de los modelos tradicionales para proponer cosas nuevas?
¿Qué tanto hay que apegarse a los modelos de siempre para que el público no salga con su cara de fuchi y logre asimilar la novedad?

Cloud Atlas no es un manifiesto artístico, ni mucho menos, pero se arriesgó, y ya nomás por eso merece mis laúdes. Ahora que la escena del escritor enojado porque su libro no se vende y su manera de enfrentar a la crítica literaria acabó por desquitar mis 60 pesotes.

martes, 1 de enero de 2013

NIEVE, COMO EN LAS CIUDADES EUROPEAS




¡Se pronostica lluvia y frío para los próximos días! Es momento de sacar gabardinas, gorros y bufandas del fondo del clóset...

¡Ahora es cuando! si no se quedarán ahí otro año, otro lustro, tal vez otra generación, y esas bufandas y guantes y gorros seguirán siendo tan innecesarios como un traje de buzo con escafandra, como una armadura del siglo XIII.
Hay algo del frío que nos entusiasma, y más cuando el frío incluye un cielo cargado de nubes gordas que se pintan de naranja, violeta y azul florescente con el atardecer, y otro poquito cuando además de frío y nubes ¡hay niebla! Se disfruta más estar en casa, tener una taza de algo caliente entre las manos, al gato enroscado en los pies.
Luego está el cliché gringoeuropeo de las películas invernales, esas que repiten vez tras vez, en formas por demás ridículas, el Cuento de navidad de Dickens o las comedias románticas donde se desarrolla toda una historia de amor a propósito de un guante perdido, y eso ya es pretexto para escenificar calles abarrotadas de gente con paquetes envueltos en los brazos, pistas de hielo naturales que cierran después de la media noche, gente que se tira en la nieve y agita los brazos para hacer angelitos y cosas por el estilo.
Pues a propósito de clichés invernales, hay tres momentos que quiero compartir aquí:

1. Guadalajara cubierta de nieve. Sí señor, escuchó bien, Guadalajara Jalisco, la Perla Tapatía, cuya temperatura promedio va de los 25 a los 35º centígrados, el día 13 de diciembre de 1997 amaneció más fría que de costumbre, y de buenas a primeras, sin que nadie se lo sospechara, comenzó a nevar. Yo naturalmente me hice la pinta de la prepa en cuanto vi caer el primer copo a través de la ventana, y me fui corriendo al centro de la ciudad (dicho sea de paso, amo el centro de Guadalajara, pero lo amaba todavía más cuando tenía 16 años) para encontrarme con calles desiertas, la nieve tranquila se mecía en le aire para ir a acurrucarse despacio sobre las aceras y los barandales, sobre las cornisas de la biblioteca Octavio Paz y sobre los remates de las columnas del Suburbia. Y ese atisbo de la Europa idealizada por una adolescente de 16 años fue sin lugar a dudas uno de los momentos más felices de mi vida.

2. En la Sierra de Oaxaca sí hace frío, pero frío en serio. Ahí el monte amanece blanqueado, pero no a causa de dulce y apacible nieve como helado de yogurt, ¡qué va! Ahí el aguanieve y la llovizna se convierten en una plasta de hielo tieso y cortante. La cocina en la que estaba yo tomando cafecito era de un absoluto encanto rústico, tapizado el adobe con el tizne del fogón, los tomates y las cebollas colgaban del techo en una canasta para que no los alcanzaran los bichos, junto con tiras de carne seca de venado. Todo lo que había en la cocina había salido derechito de esa tierra y eso era genial: el café que por cierto había ayudado a recolectar, el venado los tomates y las cebollas, la leña, el maíz para las tortillas, la panela para endulzar el café, todo excepto las galletas marías, los paquetes de sopa de pasta y la leche Nido... Bueno, pues estaba tomando cafecito con Titín, el sobrinito de mi amiga Che, que en ese momento se puso a ver la lata de leche Nido, decorada con un paisaje navideño y de pronto se puso a decir: Aquí está Tlahui y este de acá es Cuajimoloyas, este es mi tío que lleva los toros y esto de acá debe ser Llano Grande. En serio, ¡leía la lata de leche Nido como si fuera el mapa de la Sierra! Ese Titín es la onda.


3. Santillana del Mar, en la casa del mismísimo Pancho Pérez (descanse en paz) un grupo de diez jóvenes promesas del mundo editorial se reunía en el patio cubierto de nieve, en ordenada formación, con las bufandas bien puestas, las sonrisas resplandecientes, todos posando para una foto que sin dudas será histórica dentro de algunos años... cuando en eso... ¡Zaz! Bolazo de nieve en la cabezota del respetable editor mexicano Ramón Cifuentes y él, que tampoco se pudo resistir, lanzó un misil al célebre editor peruano Antonio Tuya, que a su vez correspondió con otro misil helado en contra de la famosa poeta y editora colombiana Catalina González Restrepo, que con su dulce voz, un poco alterada por el fuego cruzado gritó ¡¡¡AAAAVEEEEE!!! En reproche por haber iniciado la guerra de nieve más divertida del mundo editorial.