lunes, 23 de abril de 2012

Memoria de mis trece gatos

El Amarillo no tenía nombre y no recuerdo cómo fue que llegó a la casa. Estuvo ahí desde que empecé a tener memoria. Nos pasábamos las tardes tomando el solecito en la alfombra. Su barriga me servía de almohada.  

Tomy era el siamés más bizco que he conocido jamás. Lo quería muchísimo. Le hicieron un rasguño en la cabecita cuando yo estaba de viaje. Su muerte fue mi primer contacto con el hecho de la muerte.

Pancho & La Duquesa. Una pareja muy dispar. Él, bonachón y corrientote. Se dejaba llevar en la carriola de las muñecas con babero y gorrito, como en las caricaturas. Ella, siamesa, engreída y de muy mal genio.

Luego llegó la era de tener un perrito. Porque a todos los niños alguna vez se nos antoja tener un perrito. Entonces adoptamos a una maltesa de dudosa cuna, la Pechinchinita. Y aunque la quería muchísimo, tuve que aceptar que los perros no eran lo mío.

Emilio, también amarillo rayado. Al principio se llamaba Emilia, pero después de un hallazgo inesperado tuvimos que cambiarle el nombre.

Camelia era una gatita blanca bellísima y muy cariñosa. Desapareció como tantos otros, en el barrio, tal vez víctima de la maldad de los vecinos, un día simplemente no volvió. Ella era hija ilegítima de El Tapete.

El Tapete mucho tiempo fue el patriarca del barrio. Alguna vez fue blanco y acabó siendo negro de grasa de chasis. Tenía la cara tachada de rasguños. Misteriosamente decidió ir a pasar los últimos días de su agitada vida en el tapete de la entrada mi casa. De ahí su nombre.

A Misho & Rita, los adopté una temporada que viví en la sierra de Oaxaca. Eran montaraces, cazaban bichos y alguna serpiente pequeña. Alguna vez propiciaron una infestación de pulgas de la que no me quiero acordar.

Irina fue la primera gatita a quien ayudé a parir una camada de cinco hermosos bebés gato que maullaban y tomaban leche y dormían y volvían a maullar.

Minimina fue un lindo regalo de Navidad que me alegró la vida. Desgraciadamente contrajo toxoplasmosis y tuvimos que ponernos en cuarentena una de la otra.

Frijol era tan feo como un murcielaguito. Se llamaba Frijol por negro. Era el gato de la oficina. Cuando dejamos de trabajar ahí, él hizo paro laboral. Se plantó y no se quiso mudar con nosotros.

Después de diez trágicas historias de gatos, tuve que aprender por las malas que los gatos requieren cuidados que no siempre estamos dispuestos a ejercer (o financiar)

A veces, como me pasaba a mí, somos educados con la mentalidad de los pueblos, donde los animalitos pueden ser libres, andar a su suerte y uno se desentiende. Pero en la ciudad esa actitud los daña en lugar de hacerles un bien. 
He oído a muchos decir "Pobre gatita, por qué la voy a operar, hay que dejarla que tenga a sus crías” (y luego no hallamos qué hacer con las crías) o “Yo quiero que mi gato haga su vida allá afuera, que sea libre, que goce los placeres del amor”. Pero todo eso no es más que nuestro propio complejo de Bamby y ellos acaban pagando los platos rotos.
En México hace falta todavía mucho trabajo para difundir la cultura del cuidado de los gatos. (La verdad que ahí los dueños de los perros nos llevan bastante ventaja). Pero vale la pena el esfuerzo. Ellos hacen que valga la pena cualquier esfuerzo.

Por cierto, el gato número 13 se llama Gatito. Toda una estrella del Facebook. Es como un peluche vivo. Jamás ha pisado la calle, es dormilona, caprichosa y encantadora. Nunca se ha enfermado... bueno, a veces sí creo que necesita tratamiento, ¡pero siquiátrico!






domingo, 8 de abril de 2012

El machómetro

¿EN QUÉ NIVEL SE ENCUENTRA USTED, SEÑOR?

De + a -
+
· Mato mujeres porque soy un idiota pusilánime y eso me hace sentir poderoso.
· Les pego o las maltrato porque soy un idiota pusilánime pero todavía no asesino.
· Todas son putas, menos mi mamá y mi hermana.
· Chiflidos, piropos y arrimones.

· Me niego a usar condón.
· Yo digo cuándo y cómo. Me vale que no tengas ganas.
· Usté qué hace aquí, váyase a preparar los frijoles.
· Sola no, porque es mal visto.
· Yo ahorita te reparo la fuga, mami...

· Pobrecita, no sabe cambiar una llanta porque es mujer.
· Mira nomás cómo maneja... seguro es vieja.

· No seas mala, plánchame mi camisita. Es que no me quedan como a ti.
· Déjala, debe andar en sus días.

· Bueno, está bien que trabaje, pero de secretaria, enfermera o maestra.
· Está bien que sea profesionista, pero jefa no o por lo menos que no gane más que yo.
· Su opinión profesional no vale.
· Su opinión profesional vale, pero menos que la mía ¡En esta vida hay niveles!
· Está bien, que opine, pero no le hacemos mucho caso.
· Hay que darle chance de que entre al consejo para que vean que aquí hay equidad.

· Pero si ¡eres niña! ¿cómo vas a jugar Call Duty?
· ¡Las mujeres y los niños primero! Las mujeres, por que son el sexo débil, obviamente.
· Que no se vaya en camión, es peligroso.
· Que no camine del lado de la acera porque es peligroso.
· La cuenta la pago yo, ¡por supuesto! O dejaría de ser un caballero.

· Permítame madame yo llevaré el paraguas... yo enciendo tu cigarrillo... yo te abro la puerta... yo llevo las bolsas del súper...
-
· Punto de neutralidad: Las atenciones que puedo tener contigo son más o menos las mismas que podría tener con mi mejor amigo.


Lo anterior es una réplica al post “Modales a la mexicana” 
De mi blog favorito del mundo: Idos de la Mente
Me tocó la fortuna de tener un papá y un novio educados a la antigua, dechados de virtudes. Tal vez por eso puedo darme el lujo de declararme abiertamente antifeminista. El fanatismo y las ideas radicales me parecen espantosas en cualquiera de sus extremos, y sus manifestaciones me parecen algo totalmente inaceptable.
La desigualdad de sexo* parte de todo aquello que señale la diferencia entre uno y otro, sean cosas lindas como abrir la puerta o espantosas como la discriminación. En todo caso, distinguir los roles sexuales son la primicia del contraste, sea para bien o para mal (aunque la mayoría de las veces acaba siendo para mal). Lo único que debería importar en todo caso es el hecho de ser humanos.
Hay en la lista anterior actitudes socialmente impuestas, códigos de comportamiento. Para algunos será tan obligado abrirle la puerta a una mujer, como no meterse el dedo en la nariz en público. No es que esté mal abrir puertas, simplemente es innecesario. Además consideremos que esos códigos de comportamiento fueron diseñados por una sociedad mucho menos igualitaria que hacía hincapié en dar un trato distinto a las mujeres por el solo hecho de ser féminas:
“La mujer es merecedora de todo nuestro respeto y simpatía por su importantísimo papel en la humanidad como esposa y sobre todo como madre. Su msión no se limita a la gestación y crianza física del ser humano, que por sí sola le importa tantos sacrificios, sino que su influencia mental y moral es decisiva en la vida del hombre”, dice el Manual de Carreño.

¡¡¡“Decisiva en la vida del hombre”!!! WTF
La cuestión de pagar la cuenta sí es otro boleto. Implica mucho. En México tal vez todavía no lo vemos tanto, pero en otros países como Brasil o Colombia sí se puede interpretar como que quieren pasarse de listos, “comprar”, “adquirir una superioridad con respecto a la otra persona”, “adquirir un derecho” aunque sea un derecho intangible y no necesariamente morboso. A los hombres pagan las cuentas porque sus mamás los enseñó a hacerlo, les podría decir que a mí mi mamá me enseñó a no aceptar regalos de extraños porque “nada en esta vida es gratis”.


* El género es una categoría gramatical de las palabras para clasificarlas: maceta es femenino, sillón es masculino. No tiene nada qué ver con el sexo de las personas.