domingo, 26 de febrero de 2012

LA ASCENDENCIA DE THE DESCENDANTS


Hace dos años, a mitad de una crisis escriturística, me topé con el magnífico cuento The Minor Wars, de la hawaiana Kaui Hart Hemmings, que abre la colección titulada House of Thieves, publicada por The Penguin Press en 2005. 
Como un ejercicio personal, sin pedirle permiso a nadie, por puro gusto y sin experiencia alguna en el intrincado mundo de la traducción, me dio por transcribir una versión en español de The Minor Wars.
Más tarde descubrí que este cuento sería la semilla para la novela The Descendants (Random House 2007), misma que acaba de ser llevada al cine en enero de este año y que se ha llevado montón de premios y nominaciones. 
Creo que más allá de George Clooney y de Alexander Payne, hay que decir que se trata de una buena historia, de esas que hacen falta. Por algún motivo me hace sentir oronda el hecho de que sea una escritora joven y que The Descendants fue su primera novela. Y por qué no, también me enorgullece el hallazgo de hace 2 años que aquí les comparto. Valdrá la pena conocer el cuento antes de ir a ver la peli.

Por cierto, bauticé mi versión en español del cuento como Las aguas del mal... ya verán por qué, es un curioso juego de palabras.


LAS AGUAS DEL MAL
Kaui Hart Hemmings

Brilla el sol allá afuera, los pájaros dan saltitos, ondean las palmeras, y qué... Yo me hundo en el reposet que traje de casa y levanto la cuchara del recipiente de plástico donde guardo el desayuno. Me gustaría aventar la cuchara en el aire, cacharla con la boca y decir: “Mira, Botas”. Botas es mi esposa, aunque no la había llamado así desde principios de los setentas, cuando se ponía aquellas botas hasta la rodilla color naranja, en un clima de treinta grados. Ella habría superado mi acto malabarista usando un tenedor o un cuchillo de mesa. Su verdadero nombre es Joanie y ahora está descalza. Está en coma. Muriendo la más lenta de las muertes. O tal vez estoy equivocado, tal vez jamás se había sentido tan viva como ahora.
–Apaga esa mierda –le digo a Scottie, mi hija de diez años. Su verdadero nombre es Scottie. Ella apaga la televisión con el control remoto.
–No, me refiero a eso –señalo el sol, los árboles.
Scottie cierra la cortina y la imagen desaparece por completo.
–Es una cortina muy pesada –dice.
Necesita que le corten el cabello, peinarse bien; tiene muchos rizos disparejos que caen sobre su nuca. Es uno de esos niños que siempre se ven despeinados. Afortunadamente no es bonita, pero estoy conciente de que eso podría cambiar.
–Es como el babero que me pone el dentista cuando me toma radiografías –toca con los nudillos en las gruesas cortinas–. Quisiera que mejor estuviéramos en el dentista.
–Yo también –le digo, y es verdad. Pasar por una endodoncia podría ser un simple parpadeo comparado con esto. La vida ha sido extraña sin la voz de Joanie dando órdenes. Ahora tengo que cocinar, limpiar la casa, darle órdenes a Scottie. Todo ha sido muy extraño. Nunca había sido un padre de tiempo completo, supervisando a los niños el fin de semana, ajustando fechas y horarios. Ahora veo a Scottie antes de la escuela, después de la escuela, estoy con ella prácticamente hasta que se va a dormir. Es una niña muy linda.
Hay una mujer que nos visita, se encuentra junto a la cama de mi esposa, frunce el ceño al ver que Scottie cierra la ventana. Enciende la luz con el control remoto y sigue aplicándole maquillaje a Joanie. Mi esposa está en coma y esta mujer le pone pintura en los labios. Tengo que admitir que Joanie lo apreciaría. Ella disfruta ser hermosa y le gusta verse bien sea que se encuentre remando por el canal de Molokai o tomando el sol en la cubierta de un yate. Le gusta lucir radiante y encantadora –con sus propias palabras–. Buena suerte, le digo siempre. Buena suerte con tus grandes objetivos. No amo a mi esposa como se supone que debería, pero la amo a mi manera. Por lo que sé, ella tampoco me adora, pero estamos contentos con nuestra forma de estar juntos, nos sentimos un tanto orgullosos de nuestra anormalidad.
Hubo un tiempo en que intentamos amarnos de manera convencional. Su hermano nos hizo tomar terapia de pareja como haría cualquier matrimonio decente. Su hermano, Barry, es un hombre de diván, un verdadero creyente en las terapias, las afirmaciones y los puntos de acupresión. Una vez se puso a enseñarnos los ejercicios que había estado practicando en sesión con su nueva mujer. Debíamos intercambiar motivos, abstractos o específicos, por los cuales permanecíamos juntos. Empecé diciendo que ella, cuando se ponía muy borracha, podía hacer de cuenta que yo era otra persona y hacer entonces esa cosa tan rica con la lengua... Joanie dijo que ahorraba impuestos. Barry se enojó mucho. Los padres de Joanie y Barry están divorciados y su segunda esposa lo dejó hace poco por un hombre que entendía que no tenía sentido trabajar de voluntario. Barry quería hacernos reflexionar en el valor de los vínculos afectivos, las promesas, el amor y esas cosas. Estaba cansado de ver cómo las cosas se desboronaban, cansado de ver cómo la gente renunciaba tan fácilmente. Nosotros lo intentamos, por Barry, pero parecía que nuestro matrimonio solo marchaba bien cuando no nos esforzábamos por hacer el intento.
La mujer del maquillaje (¿Tia? ¿Tara? Alguien que modela con Joanie) se detiene y mira fijamente a Scottie. La luz le da de lleno en la cara, por lo que puedo ver que tal vez debería hacer algo con su propio maquillaje. El color de su cara es como de papel manila. Le aplica corrector en los párpados. Maquilla, pero no es capaz de disimular. Mi hija no sabe cómo responder a su mirada.
–¿Qué? –le pregunta.
–Creo que tu mamá disfrutaba de la vista –dice Tia, o Tara.
Entro en defensa de mi hija, que se ha quedado en silencio, confundida.
–Mira, T, su mamá no estaba disfrutando de la vista. Su mamá está en coma.
–No me llamo T. Me llamo Allison.
–Muy bien Alli,  por favor no confundas a mi hija.
–No hay problema, me estoy convirtiendo en toda una señorita –dice Scottie.
–¡Maldita sea! –digo.
Alli vuelve a lo suyo. Scottie enciende de nuevo la televisión; otro programa de citas. Yo evado las cosas con las que podría jugar. Normalmente puedo jugar con cualquier cosa: una cuchara, un paquete de azúcar, una moneda. La primera semana que estuvimos aquí inventé un juego: a ver quién podía pegar al techo la mayor cantidad de rebanadas de plátano. Tenías que poner una rebanada en medio de la servilleta y hacer un trampolín para dispararla. A Scottie le encantó. Las enfermeras participaron y hasta la neuróloga aventó una rebanada. Pero ahora llevamos aquí casi cuatro semanas. No tengo ganas de hacer trucos. La neuróloga dice que su grado es cada vez más bajo en la escala de niveles de coma. Dice las cosas en un lenguaje que no entiendo y pero entiendo perfectamente lo que pasa. Sé lo que quiere decir.
–La vez pasada eras tú quien estaba en la cama –dice Scottie.
–Síp.
–La vez pasada me mentiste.
–Lo sé Scottie. Perdón –se refiere a mi accidente de motocicleta. En la casa les repetí que estaba bien, que no tenía porqué ir a un hospital. Scottie me hizo un breve test para demostrar que estaba fingiendo. Joanie participó. Actuaron el papel del policía malo y el policía más malo.
–¿Cuántos dedos ves? –me preguntó Scottie mostrándome lo que creí que era un pulgar y un meñique: cuernos[1].
–Carajo ­–dije. No estaba de ánimo para pruebas.
–Contéstale –dijo Joanie.
–¿Dos?
–Muy bien –dijo Scottie con un tono extraño–. Cierra los ojos y tócate la nariz parado sobre un solo pie.
–Carajo, Scottie. No puedo hacer eso, me tratas como si fuera un conductor borracho.
–Haz lo que dice –ordenó Joanie.
Me negué. Sabía que algo andaba mal conmigo, pero no quería ir al hospital. Quería dejar que lo que estuviera mal en mi cuerpo simplemente siguiera su curso. Tenía una sensación extraña. Me costaba trabajo levantar la cabeza.
–Mírate nada más –decía Joanie–, ni siquiera puedes ver al frente.
–Y ¿cómo se supone que me mire, entonces?
Resultó que me había lesionado el nervio óptico, lo que conecta la vista con el cerebro. Eso explicaba por qué veía las cosas fuera de foco.
–Pudiste haber muerto –dice Scottie. Observa atentamente como Allison le aplica rubor a Joanie con una brocha.
–¿Cómo crees? –le digo–, ¿el nervio óptico?, ¿quién lo necesita?
–Me mentiste. Dijiste que estabas bien, que podías ver mis dedos.
–No mentí, adiviné. Además, durante un rato tuve gemelas. Dos Scotties.
–Scottie afirma con la cabeza.
–Bueno, está bien.
Recuerdo cuando estaba en el hospital, Joanie le puso vodka a mi gelatina. Se puso mi parche en el ojo, me hizo bromas, se quedó conmigo todo el tiempo. Fue muy bonito. Pienso en qué habrá tenido que ver mi accidente con todo esto. Últimamente Scottie se ha dedicado a señalar mis faltas, mis tretas, mis mentiras. Parece que en todo momento me está examinando. Soy el candidato de reemplazo. Soy el papá.
Scottie toca el cabello de su mamá. Se ve grasoso, como cuando dio la dio a luz, a ella y a nuestra otra hija, Alexandra. Allison ahora me mira a mi como si estuviera mal de la cabeza:
–Tienes una forma tan rara de hablarle a los niños –dice.
–Los padres no tienen porqué comprometer su personalidad –irrumpe Scottie.
Eso es algo que le escuché a Joanie decir a nuestra otra hija. Doy un vistazo a la cara de mi esposa. Se ve adorable. No radiante, simplemente adorable. Se traslucen sus pecas a través del rubor. Sus ojos cerrados, sometidos por la oscuridad; sus largas pestañas. Esas pestañas son el único rasgo de fuerza que queda en su rostro. Todo lo demás se ha ido desvaneciendo. Se ve tan hermosa. Tal vez demasiado divina, demasiado muñeca de porcelana, como si se encontrara en una vitrina debajo del agua. Extrañamente, ese efecto hace que me gusten las cosas que normalmente no me gustaban de ella, como cuando le daba flojera lavar la lechuga y encontraba piedritas en la ensalada, o a veces que íbamos a un restaurante para turistas donde servían un pescado magnífico, y sin falta ella terminaba en la barra con alguna clase de spring-breaker de Florida bebiendo un trago o diez, y yo me quedaba solo en la mesa. Por lo general no disfrutaba en absoluto pasar por aquella situación, sin embargo ahora no le doy tanta importancia. Me gusta su magnetismo, me gusta su arrojo, su ego, aunque tal vez solo sea porque no volverá a despertar. Es confuso.
El gerente del restaurante en una ocasión me dio las gracias. Ella siempre levantaba el ambiente del lugar y animaba a la gente a beber más. Estoy seguro de que si muere colocarán su fotografía, es esa clase de restaurante –fotos de personajes locales, filántropos y benefactores muertos que penan por los muros. Me entristece que  tenga que morir para que su foto figure en una pared o para que me guste todo lo que hace y es.
–Allison, muchas gracias. Estoy seguro de que Joanie está muy complacida.
–Ella no está complacida, está en coma –dice Allison. Me quedo sin habla.
–¡Ay Dios! –dice, y empieza a llorar– No puedo creer que haya dicho semejante cosa. Solo trataba de sonar como tú, de desquitarme.
Sale del cuarto con todo y sus implementos de belleza.
–Por piedad, necesito cambiar algunos hábitos. Soy un idiota –le digo a Scottie.
–Eres mi papá.
–Sí –digo–. Sí.
–Eres un papá idiota. Como cualquier idiota, pero más viejo.
–¡Piedad!
Scottie quiere que salga con ella a la sala de espera. Tiene algo que decirme. Lo de siempre. Tiene miedo de hablar con su madre. Está apenada por su vida; una niña de diez años preocupada porque su vida no es suficientemente interesante. Ella cree que si le habla a su madre tiene que ser de algo grandioso, difícil de creer. Yo le digo siempre que le hable de la escuela, de los perros, pero Scottie dice que eso sería muy aburrido, no quiere que su madre piense que es un bostezo con pies. Las últimas semanas ha estado tratando de vivir experiencias significativas después de la escuela, en el club.
–Muy bien, Scottie –le digo–. Hoy es el día. Vas a hablarle a mamá. Puedes leerle un artículo, cantarle una canción o contarle lo que aprendiste en la escuela, ¿si?
–Está bien, pero ya tengo una historia.
–A ver, cuéntamela.
Ella sonríe.
–Ok, haz de cuenta que tú eres mamá –dice–. Cierra los ojos.
Cierro los ojos.
Hola ma. Ayer exploré yo sola el arrecife que está enfrente de la playa. Bueno, había un montón de amigos, pero yo sentía como si estuviera sola. Hay un chico muy guapo que trabaja ahí, en el puesto de seguridad; tiene ojos como de jirafa.
Me esfuerzo por no sonreír.
Había marea baja, así que pude ver toda clase de cosas. En una parte vi que el coral tenía un color oscuro increíble, pero después me fijé bien y no era un coral, sino una anguila, una morena. También había millones de erizos y unos cuantos pepinos de mar. Hasta agarré uno y lo exprimí.
–Oye, que bien, volvamos adentro, a mamá le va a encantar oír esto.
–Espérate, todavía no termino.
–Ah –cierro los ojos de nuevo.
Me acuclillé sobre el arrecife, pero perdí el equilibrio y caí hacia atrás, sobre mis manos. Una mano cayó sobre un erizo y  me encajó sus espinas. Mi mano parecía un alfiletero.
Alarmado le agarro las manos y las examino. Las pequeñas aristas de las espinas se expandían debajo de la piel de la palma izquierda. Eran como estrellas oscuras, instaladas ahí para habitar de por vida en su mano. Noté que había más espinas en las yemas.
–¿Por qué no me dijiste que te habías lastimado? ¿Por qué no me dijiste nada?
–Estoy bien, puedo con eso. En realidad no me caí.
–¿Cómo que no te caíste? ¿Te pintaste las marcas con pluma?
–Sí.
Vi más de cerca. Sentí su palma y presioné ligeramente las marcas.
–¡Ay! –dijo, y me arrebató la mano– Era broma, son de verdad, sólo que en realidad no me caí, lo hice a propósito. Agarré un erizo. Claro que no le voy a decir a mamá esa parte.
–¿Qué! –no podía imaginar a Scottie sufriendo aquel dolor– ¿Por qué hiciste eso, Scottie?
–Por la historia, creo.
–¡Santo Dios! ¿Qué no te duele?
–Sí.
–Carajo, Scottie. Me dejaste pasmado. Totalmente pasmado.
–¿No quieres oír lo demás?
Cerré el puño hasta sentir que las uñas se me encajaban en la palma para imaginar lo que ella sentía.
–Supongo que sí, a ver, sigue.
–Está bien, pero haz de cuenta que eres mamá, no puedes interrumpir.
–No puedo creer que hayas hecho eso.
–¡No puedes hablar! Cállate o no te voy a decir lo que falta.
Scottie habla de la sangre, las agujas saliendo de su mano, de cómo tuvo que volver escalando la roca del muelle como cangrejo, pero sin una tenaza. Describe como antes de llegar a la costa vio a lo lejos a los bañistas que se echaban clavados desde un bote; los que llevaban gorra blanca parecían bollas a la deriva.
Por supuesto, en aquel momento no reparó en nada de eso; el dolor no deja pensar en nada. Probablemente se fue corriendo directo a la enfermería del club. Está inventando estos detalles para mejorar la historia que contará a su mamá. Mi hija mayor hacía lo mismo: exagerar, buscar la manera de llamar la atención de Joanie, o tal vez de desviar la atención de Joanie. Ahora Scottie está haciendo lo que cree que tiene que hacer. Me temo que volveremos a empezar con esto.
–Gracias a los sermones de mi papá sobre el mar sabía que no eran simples agujas, sino calcificaciones dentadas que el vinagre puede ayudar a disolver.
Sonreí. “Esa es mi niña”, pensé.
–Oye, pa, no es aburrido, ¿o sí?
–Aburrido no es precisamente la palabra que usaría.
–Está bien, ya eres mamá otra vez. Entonces pensé ir a los primeros auxilios del club.
–Muy bien hecho, esa es mi niña.
–Shht –dijo–. Pero en lugar de eso, fui con el chico guapo del puesto de seguridad a pedirle que orinara en mi mano.
–¿Perdón!
–Sí, ma. Eso fue exactamente lo que le dije: ¿Perdón? Le dije que me había lastimado y me dijo Ok, pero ¿estás bien?, así como si fuera una chica de dieciocho. No me entendía, así que le mostré la mano. Dijo un montón de palabrotas, luego me dijo que tenía que ir a un hospital o algo, O ¿eres miembro de aquel club?, me preguntó. Me dijo que debía llevarme allá, lo que fue muy amable de su parte. Salió por la parte de atrás de puesto y yo di la vuelta para encontrarlo. Le expliqué lo que tenía que hacer, pero él sólo parpadeaba nervioso y decía toda clase de palabrotas, en todas sus combinaciones posibles. No sabía si se tenía que succionar el veneno, o si por el efecto del veneno iba a entrar en shock. Me dijo que él no estaba entrenado para eso, que de ninguna manera iba a hacer lo que yo le pedía. Pero entonces le dije lo que le dices a papá cuando quieres que haga algo que él no quiere hacer, le dije: Ya, no seas marica, y funcionó. Me dijo que no mirara y me pidió que mientras le contara algo, cualquier cosa o que chiflara.
–Scottie, por favor dime que estás inventando todo esto.
–Espérate, ya casi termino. Le conté de los récords de velocidad que haz alcanzado con tu bote, y que eres modelo, pero que no eres creída, que todos los chicos del club están enamorados de ti, pero que tú solo amas a papá por que él es tranquilo y despreocupado, campechano como la silla plegable en la que se sienta todo el día.
–Scottie, tengo que ir al baño –sentía unas tremendas ganas de vomitar.
–Bueno, pero ¿a poco no es una historia magnífica? ¿No es muy larga?
–Sí y no. Tengo que ir al baño. Cuéntale a tu mamá lo que me dijiste. Ándale, ve y habla con ella –al fin que no puede oírte, pensé. Eso espero.
Joanie podría llegar a pensar que era una historia magnífica. Eso me enojaba. La historia me enojaba. Scottie no tenía por qué crear esos dramas. Scottie no tiene por qué andar pidiendo que la orinen. Me recuerda a su hermana, alguien en quien por nada del mundo querría que se convirtiera. Alex. Diecisiete. Es como los efectos especiales, primero te sorprende, te impresiona, pero después se vuelve insoportable. Necesito llamarle y ponerla al tanto. Se encuentra en un internado, en otra isla, no demasiado lejos, pero sí lo suficiente. La última vez que le hablé con ella por teléfono le pregunté si había algo que estuviera mal, y contestó “Sí, el precio de la cocaína”. Me reí y volví a preguntar “no, de verdad, ¿alguna otra cosa?”, “¿Existe otra cosa?”, dijo.
Alex es famosa por aparecer en los impresos para turistas de Hawai. A los quince posó para un calendario y para varias postales de la isla cuyos pies de foto decían cosas como Life’s Damn Hot Beach.  De los trajes de baño pasó a los bikinis, de los bikinis a las tangas, y después eran solo conchitas y granos de arena estratégicamente colocados sobre ciertas partes del cuerpo. El resto de sus numeritos han sido tan indignantes y absurdos que resulta aburrido siquiera pensar en ellos. En su lucha por ser diferente se convirtió en algo convencional: la chica rebelde, popular, de explosiones y persecuciones en auto. Intrascendente.
A pesar de todo, de sus niñerías y su entera falta de juicio, me hace sentir culpable. Culpable porque me veo a mí mismo creyendo que si Joanie muriera, nosotros podríamos salir adelante, confiar uno en el otro, querernos. Nos queríamos tanto. No le he llamado, aun cuando tengo que decirle que vuele mañana. No soportaría escuchar una pizca de alegría o de alivio que pudiera llegar a escapar en su tono de voz. O en el mío.
Scottie está sentada en la cama. Joanie parece la Bella Durmiente.
–¿Le contaste? –pregunto.
–Creo que mejor voy a trabajar un poco más la historia –dice Scottie–, porque si mamá piensa que es graciosa, ¿qué va a hacer? ¿Qué pasa si las carcajadas se acumulan en sus pulmones, o en su cerebro, o de dondequiera que salgan? ¿Y si eso la mata?
–No funciona así –le digo, aunque no tengo la menor idea de cómo funciona.
–Sí, pero de todas maneras creo que voy a hacerla más trágica, de manera que sienta que tiene que regresar.
–No tiene que ser tan complicado, Scottie –me siento en la cama y pongo mi oído sobre el pecho de Joanie, donde está el corazón. Sumerjo la cara entre sus ropas. Es lo más cerca que he estado de ella desde hace mucho. Mi esposa, la corredora de botes de alta velocidad. Mi esposa, la motociclista, la modelo, la regatista de largas distancias, la competidora de triatlones. “¿Qué es lo que te impulsa, Joanie?” Digo en su pecho y me doy cuenta de que copié uno de sus hobbies y me pregunto qué era lo que me impulsaba a mí. Ni siquiera me gustan las motocicletas, odio el ruido que hacen.
–Extraño los ronquidos de mi mamá –dice Scottie.
Me da mucha risa. Me dan espasmos de risa tan fuertes que no hago ruido y eso hace que Scottie se ría también. Siempre que Joanie ronca, se pedorrea, no tiene remedio. Una enfermera entra y abre la cortina. Nos sonríe “A ver, ustedes dos”, dice. Nos insta a que salgamos a disfrutar el resto del día.
A Scottie le parece buena idea. Mira su reloj y se detiene.
–Mierda, vámonos ya, necesito una nueva historia.
Sólo porque la enfermera está todavía en el cuarto le digo “Cuidadito con esa boca”.



En la playa, las tablas de surf estaban recargadas sobre los arbustos. Había buen oleaje, pero el viento sur era demasiado fuerte. Seguí a Scottie hasta el restaurante; me dijo que no se iría hasta que algo divertido o trágico le sucediera. Le dije que faltaría a mi juego de paddle con tal de no quitarle los ojos de encima, lo que le dio mucho coraje, así que prometí quedarme lo más lejos que fuera posible y que hiciera de cuenta que no estaba ahí.
Bueno, por qué no te sientas por allá –señaló las mesas que estaban en la orilla del restaurante, donde algunas señoras jugaban cartas. Me agradan esas señoras, todas andan cerca de los ochenta años y visten de falda con tenis, aunque no creo que puedan jugar tenis. Quisiera que a Joanie le gustara jugar cartas y sentarse tranquilamente.
Scottie hace un gesto con la cabeza hacia el bar. El barman, Jerry, me saluda. Scottie trepa hasta una de las periqueras del bar, y Jerry le prepara un daiquiri virgen; luego la deja probar algunos de sus brebajes. “El de guayaba es riquísimo”, la escucho decir, “pero el de limón definitivamente es mi favorito”.
Hago de cuenta que leo el periódico que le pedí prestado a una de las señoras. Me cambio a una de las mesas que está un poco más cerca de la barra, para alcanzar a ver y escuchar.
–¿Cómo está tu mamá? –pregunta Jerry.
–Dormida –Scottie se retuerce sobre la periquera porque sus pies no alcanzan el escaño. Cruza y descruza las piernas tratando de mantener el equilibrio.
–Bueno, por favor dale mis saludos y dile que todos aquí estamos esperando que regrese.
Veo como Scottie piensa en ello, lo somete a consideración con la mirada baja. “No hablo con ella”, le dice a Jerry sin levantar la vista.
Jerry le pone un copete de crema batida a su bebida. Ella toma un trago del daiquiri y se pasa los dedos por el cabello una y otra vez. Se pone a dar vueltas sobre el banco y empieza a hablar en una forma que me molesta, me avergüenza. Grita como si hubiera un ruido de fondo muy alto, que tuviera que sobrepasar.
–Todo mundo me ama menos mi esposo. Adivina qué: voy a beber hasta tragarme el gusano. Sírveme un shot de Cuervo, Jerry querido.
Jerry limpia las botellas tratando de hacer mucho escándalo.
Me pregunto qué tan seguido Joanie decía eso, si era la manera en que acostumbraba pedir un tequila. Me hace pensar en cómo nos acostumbramos a llevar nuestras vidas, sin vernos en realidad el uno al otro.
–Dame dos de todo –grita de nuevo Scottie, aún en su fantasía. Quisiera librar a Jerry de la situación incómoda, cuando veo de pronto a Troy, caminando hacia el bar. El Gran, el Magnánimo, el Adorado Troy. Me escondo rápidamente detrás del periódico. Mi hija de inmediato se queda callada al verlo. Estoy seguro de que vaciló al verla, pero ya era demasiado tarde para darse la vuelta.
–Hola Scottie –le escucho decir–, mira nada más.
–Mira nada más –dice ella con una voz extraña, casi irreconocible–, te ves... despierto.
–Oh, gracias, Scottie.
Oh, gracias, Scottie. Es tan pendejo. Su tatarabuelo inventó los carritos de súper, y a él le quedó poco por hacer además de acostarse con un montón de mujeres y poner a mi esposa en coma. Por supuesto no fue su culpa, no, claro que no, solo que él no salió lastimado, él manejaba y Joanie iba de copiloto porque Troy insistió en que quería manejar. No habían pasado de una milla, cuando el bote fue golpeado por una ola, dio un giro y Joanie salió disparada. Cuando Troy volvió solo de la carrera  no paraba de decir “Había muchas grietas y agujeros. Muchas grietas y agujeros”.
–¿Haz ido a visitarla? –pregunta Scottie.
–Sí, Scottie, tu papá estaba ahí.
–¿Y qué le dijiste?
–Le dije que el bote estaba en excelentes condiciones, que estaba listo para ella.
Es un perfecto Neanderthal.
–Su mano se movió, Scottie. De verdad yo creo que me escuchó. Creo que va a ponerse bien.
Troy insiste en vestir de camiseta. El tipo tiene músculos que ni siquiera sabía que existían. Me pregunto si Joanie se ha acostado con él. Por supuesto que sí. Sus ojos son color alberca. Estoy a punto de bajar el periódico para que deje de decir tonterías a Scottie, pero la escucho decir “El cuerpo tiene reacciones naturales. Cuando le cortas la cabeza a una gallina el cuerpo puede salir corriendo, pero de todas maneras es una gallina muerta”.
Escucho  toser a Jerri o a Troy.
–No te des por vencida, Scottie –dice Jerry.
–El Gran Troy dice algo acerca de la vida, las frases fuera de lugar, sobre tener valor y ponerse las pilas. Probablemente apoya una de sus enormes garras sobre el hombro de Scottie.
Veo que Scottie sale del restaurante y la sigo. Corre hacia la playa baja por el malecón y la alcanzo antes de que salte. Sus ojos están llenos de lágrimas, pero mira hacia arriba para evitar que caigan aunque de todas maneras caen.
–No quise decir “gallina muerta”.
–Vente, vámonos a la casa –le digo.
–¿Por qué todo el mundo aquí es tan deportista? Tú y mi mamá y Troy piensan que es lo máximo. Todo el mundo lo piensa. ¿Por qué no mejor entras a un club de lectura? ¿Por qué mamá no podía quedarse tranquila en casa?
La abrazo y ella me lo permite. Trato de recordar si tengo algún amigo que esté en algún club de lectura. No. No conozco a alguien, hombre o mujer, que no sea miembro de este club. No conozco a alguien que no haga surf, kayak o remo. No conozco alguna mujer que no haga caminata o vela o canoa, aunque Joanie es la única mujer que conozco que participa en carreras de bicicleta y botes.
–No quiero que mi mamá se muera –dice Scottie.
–Por supuesto que no –me separo de ella y me agacho para ver su rostro pecoso, sus ojos cafés–, de ninguna manera.
–No quiero que se muera así –dice Scottie–, compitiendo en una carrera o haciendo algo grandioso. Una vez la escuché decir “Mi partida será algo escandaloso”, pero yo prefiero que se asfixie con un grano de maíz o que resbale con un pedazo de papel de baño. 
–Por Dios, Scottie, ¿cuántos años tienes? ¿De dónde sacas toda esa mierda? Ya vámonos a la casa –le digo–. Nada de eso es cierto, lo que necesitas es descansar.
Imagino a mi esposa, en paz, en su cama. Me pregunto qué era lo que estaba pensando cuando cayó del bote, si sabía que era el final. Me pregunto cuanto tiempo le tomó a Troy darse cuenta de que ella ya no estaba ahí junto a él. La cara de Scottie se ve hinchada y su cabello está sucio. Necesita un baño. Tiene esa mirada de disgusto en su rostro; una mirada como de adulto.
–Tu mamá piensa que eres genial –le digo–. Ella piensa que eres la chica más hermosa, la más inteligente y la más divertida que hay por aquí.
–Ella lo que piensa es que soy cobarde.
–No, claro que no, ¿por qué iba a pensar eso?
–Yo  no quise ir en el bote con ella y me dijo que era un gato miedoso como tú.
–Estaba bromeando, ella piensa que eres la chica más valiente. Me dijo que le daba miedo ver lo valiente que eras.
–¿De verdad?
–Maldita sea, ¡claro que sí! –es mentira. Joanie seguido decía que estábamos criando dos gatitos miedosos, pero de todas las mentiras que digo ésta sí es necesaria. No quiero que Scottie odie a su madre como lo hace Alexandra. Eso la consumiría, la envejecería, le haría tener miedo del mundo, a decir lo que piensa; le haría ser demasiado tímida, insegura.
–Voy a nadar –dice Scottie.
–No, ya tuvimos suficiente por hoy.
–Papá, por favor –me jala del cuello y me dice en secreto–: No quiero que la gente se dé cuenta de que estaba llorando, nada más déjame entrar al agua.
–Bueno, voy a estar aquí –se quita la ropa y me la avienta. Salta el muro hacia la playa debajo y se mete al agua. Se zambulle, permanece bajo el agua, sale y vuelve a zambullirse. Chapotea, juega. Me siento en la pared de coral y la observo a ella ya los demás niños con sus madres y sus nanas. A mi izquierda hay un pequeño arrecife. Puedo ver los erizos de mar que asoman entre las comisuras. No puedo creer que Scottie haya hecho semejante cosa.
La terraza del restaurante está llena de gente bebiendo cocteles helados de todos colores. Un viejo sale del mar cargando una canoa individual sobre su cabeza. Sonríe exaltado con un cansancio que le hace temblar el rostro, como si volviera de alguna clase de batalla en lo profundo del mar.
Comienzan a encender las antorchas en la terraza y a lo largo del muelle de piedra. El sol antes tan intenso es ahora una gota que ondea sobre el horizonte. Es casi la hora del destello verde. Todavía no, pero ya casi. Cuando el sol desaparece tras el horizonte, a veces hay un destello verde que parece salir del mar. Es muy común que la gente de por aquí se detenga para esperar el instante en que esta luz aparece.
Los niños salen del agua.
Escucho las voces de las mamás a lo lejos, apagadas por el sonido del mar “Ven acá, niña, están por todas partes”.
Scottie es la única niña que todavía se encuentra nadando. Brinco del muro y le grito:
–¡Scottie! ¡Scottie, ven acá inmediatamente!
–Hay malaguas –me dice una mujer–. La marea las debe haber empujado hacia acá ¿Es suya? –señala hacia Scottie, que viene nadando desde los catamaranes.
–Sí –le digo.
Mi hija llega a la orilla sosteniendo una pequeña malagua: el cuerpo gelatinoso y la burbuja azul transparente sobre su mano, seguida de la cola azul marino enredada en su muñeca.
–¿Qué hiciste? ¿Qué estás haciendo con eso? –le quito la malagua con un pedazo de madera y reviento la burbuja para que no le haga daño a nadie. El brazo de mi hija está marcado con una línea roja. Le digo que vaya a enjuagarse el brazo con agua de mar y Me contesta que el brazo no es lo único que le duele, había estado nadando entre una nube de malaguas.
–¿Por qué no te saliste, Scottie? ¿Cómo puedes tolerar eso? –me han picado las malaguas cientos de veces; no es tan grave, pero se supone que los niños lloran cuando les pican, eso sí es seguro.
–Pensé que sería divertido decir que fui atacada por las aguas del mal.
–No son aguas del mal. Sí lo sabes, ¿verdad? –cuando era chica le señalaba los animales del mar, pero dándoles nombres inventados. Les llamaba aguas del mal por ser como pequeños guerreros que atacan con sus impresionantes armas, la burbuja gaseosa, su largo flagelo y sus tentáculos venenosos avanzando en enjambres. A los peces globo los llamaba  pez globopof, los erizos eran puercoespines de mar y las tortugas marinas eran sombreros de agua salada. Pensé que era divertido, pero ahora me preocupa que no sepa la verdad acerca de las cosas.
–Claro que sé –dice Scottie–, son malaguas, pero es nuestro chiste. A mamá le va a gustar.
–Bueno, de todas maneras no se llaman malaguas, se llaman agua-malas, ese es su verdadero nombre.
–Ah –dice y comienza a rascarse. Aparecen más líneas rojas en su pecho y piernas. Le digo que no me hace nada de gracia lo que hizo, que tenemos que llegar a la casa para ponerle hielo y avena sobre las picaduras.
–El vinagre empeoraría el ardor, por si pensabas ir con el chico de cuello de jirafa para que te hiciera pipi, lástima, qué mala suerte.
Afirma, como si de antemano estuviera preparada para esto: el regaño, los remedios, la hinchazón, el dolor que le producen las heridas ahorita, y lo que le va a doler después. Sin embargo, está feliz de lidiar con mi desaprobación. Tiene su historia y comienza a darse cuenta de lo fácil que le resulta tolerar el dolor físico. Me entristece tanto que se de cuenta de esto. Solo tiene diez años.
Subimos la cuesta de arena hacia la terraza del restaurante. Veo a Troy sentado en una mesa con otras personas que conozco. Volteo hacia Scottie  para ver si ella también lo mira y veo que le está pintando dedo. Escucho a la gente que sostiene la respiración con asombro, pero me doy cuenta de que es por el destello verde en el ocaso. Nos lo perdimos. El destello pasó y ahora el sol se oculta. El cielo se colorea de rosa y violeta. La alcanzo para asirle la mano con el gesto grosero, pero en lugar de reprenderla, la corrijo:
–A ver, Scottie, no se levanta el dedo así, solo, también hay que levantar un poquito los otros dos... ahí está.
Troy nos mira y sonríe ligeramente. Parece confundido.
–Muy bien, suficiente –le digo, y de pronto siento pena por Troy. También está la posibilidad de que él de verdad amara a Joanie. Pongo mi mano en la espalda de Scottie para guiarla hacia fuera; ella se retuerce y me quita la mano, lo que me recuerda que está toda lastimada.


Volvemos al hospital, aunque ya es muy noche. Scottie insistió en venir. Prácticamente se emberrinchó.
–¡Se me van a olvidar las sensaciones exactas que le quiero contar a mi mamá! –gritaba.
Todavía no se ha bañado. Prefiero que se quede con el agua salada un rato más, es bueno para las heridas. Lloró de camino para acá. Lloró y se rascó. Ahora las picaduras están inflamadas y rojas. Una enfermera se dio cuenta y le dio algo de antibiótico. Scottie tiene la nariz mocosa, está mareada y con náuseas, aunque no admite que sea por nadar con invertebrados venenosos. Se siente muy mal, pero tengo la sensación de que no volverá a hacer algo parecido otra vez. La enfermera rasuró sus piernas para evitar que le afecte tanto la nematosis. Ahora Scottie admira sus piernas lisas, suaves, piernas de mujer.
–Desde ahora voy a tener que hacer esto toda la vida. Que fastidio.
–No, fíjate que no –le digo en voz alta, y a los dos nos sorprende el tono–. Todavía no estás lista para eso.
Sonríe. incómoda con mi autoridad. Como debe ser.
Vamos a pasar la noche aquí. Me siento en la orilla de la cama y me aplico gotas en los ojos. En lugar de ser las visitas parece que fuéramos nosotros los pacientes: maltrechos, derrotados por el mundo de allá afuera. Tenemos que venir aquí a buscar abrigo, cuidados, a descansar un poco. Aquí han sido todos tan amables con nosotros, tan clementes. Son las nueve de la noche en la Unidad de Terapia Intensiva y llegamos sin avisar previamente, Scottie recibió atención médica. Esto no puede ser parte de las medidas estándar que están acostumbrados a proporcionar, va más allá. Sé que su indulgencia hacia nosotros es porque no pueden darnos esperanzas. La doctora Johnston les avisó que quitaran la esperanza de su expediente. La gente se vuelve tan amable justo antes de que alguien muera.
Scottie abre la cortina y deja entrar la noche: las palmeras oscuras y las luces de los edificios. Me pregunta si le dolerían a su mamá las picaduras de erizo tanto como le duelen a ella. Me pregunta por qué todo el mundo les llama malaguas. Le contesto que no sé, en respuesta a la primera pregunta. No sé cómo funciona. Para la segunda pregunta le digo:
–Así pasa con las palabras, se pegan y se abrevian, y luego nos olvidamos del origen de las cosas.
–O los papás mienten y dicen nombres falsos –dice ella.
–Sí, también eso.
Se sube a la cama y observamos a Joanie a la luz de la media luna. Se recarga sobre mi pecho, su cabeza queda debajo de mi barbilla. Muevo la cabeza, la apapacho. No hablamos de lo que tenemos que hablar.
–¿Por qué a las medusas en inglés se llaman jellyfish? –pregunta Scottie– Ni siquiera es un pez.
Le digo que las agua-malas no son medusas. No respondo a su pregunta, pero le digo que hace buenas preguntas.
–Te estás volviendo demasiado lista para mí, Scottie.
–Siento que sonríe. Incluso Joanie parece sonreír en silencio. Me siento feliz, aunque se supone que no debería estarlo, creo.  Pero estar aquí se siente bien, se siente lleno de paz.
–Necesitamos agua y unas cobijas –le digo, y salgo del cuarto para conseguir agua y cobijas.
Cuando vuelvo al cuarto escucho a Scottie: “Tengo un ojo impresionante”. Me detengo detrás de la puerta entreabierta. Scottie le habla a su mamá. La observo. Se ha acurrucado al lado de su mamá y le acomodó el brazo de manera que la rodeara: “Ahí, en el techo. Es el nido más bonito del mundo; dorado, acolchonadito y tibio, por supuesto”.
Lo veo yo también, sólo que no es un nido sino un pedazo ennegrecido de plátano que quedó de nuestro juego aquél de pegar rebanadas en el techo.
Scottie se levanta sobre un codo, se inclina y besa a su mamá en los labios, en las mejillas, en la frente. La besa una y otra vez; una delicada versión del beso en la boca. Con cada beso una expectativa, casi medicinal.
La dejo con su fantasía, con su forma de creer en la magia y en los finales felices. La dejo hacer el intento, que crea que el amor puede volver a la vida a alguien. Durante largo rato veo su esfuerzo, me quedo ahí, de pie, aunque luego me doy cuenta de que es momento de entrar. Doy un golpecito ligero en la puerta. No quiero que se sobresalte.







[1] Signo gestual llamado shaka, que en la cultura surf de Hawai se utiliza para saludar, o como sinónimo de cool.