lunes, 11 de julio de 2011

LA FUGA

Escuché un estruendo enorme e inmediatamente corrí al patio para ver de qué se trataba. El tejado de lámina estaba roto, me acerqué unos pasos, con cautela. Escuché una respiración agitada, el ruido provenía de atrás del contenedor de basura y me acerqué, cada vez más despacio. Me pareció ver que desde la rendija de oscuridad acechaban unos ojos brillantes. Entonces él se descubrió. Me asusté tanto al verlo que volví a la casa corriendo y me guarecí detrás de un mueble. Temblaba de miedo. Luego de un rato pude respirar mejor. Él se aproximó despacio a la casa, tanteando el terreno. Entró a la cocina y entonces pude verlo bien: era mucho mayor que yo, cojeaba. Sentí que no correría riesgo con ese viejo carcamán, así que decidí salir de mi escondite y averiguar cómo rayos había llegado ahí. Me acerqué a él, cauto, dando muestras de desconfianza. Su cuerpo fofo, todavía agitado por la caída, desprendía un olor a suavizante de ropa, a sopa con mucho ajo y a galleta.
–Hey, tú, quién eres –soltó de pronto, ríspido.
–¡Cómo que quién! Napoleón, naturalmente –le dije extrañado de que no hubiera oído hablar de mí–. Pero si eres tú quien debe presentarse, después de todo esta es mi casa.
–Cómo no vas a saberlo, hombre, si yo soy Leonardo. Leo, para los amigos. Mira, aquí está mi identificación.
Efectivamente, la identificación decía Leonardo con todas sus letras. Él, confianzudo, fue hasta el sofá y dejó caer todo su cansancio.
–Oye, si no es mucha indiscreción, ¿puedo saber cómo fue que llegaste hasta mi patio?.
–Pues por el tejado, mira, ahí, por ese agujero.
–Claro, eso lo puedo ver, lo que no entiendo es cómo fue que atravesaste el tejado.
–Ah, creo que me caí.
–¡Que te caíste!
–Sí, de muy arriba. Muy muy arriba. Caí del cielo –dijo, y soltó un suspiro melancólico.
–No te creo –le dije yo–. Si te hubieras caído del cielo te hubieras matado del catorrazo.
–¡Cómo crees! ¿Morirme yo? ¿Qué no ves que soy inmortal?
–¿Inmortal? ¿Estás seguro?
–Hombre, al menos algo parecido, mira, ¡no me pasó nada!
Se veía que ocultaba un gesto de dolor. Estaba haciéndose el valiente, no podía engañarme.
–Pero cómo fue que te caíste, no entiendo –repuse yo, incrédulo de sus palabras.
–Para serte sincero, no sé muy bien... Recuerdo que estaba asomado, tomando el solecito, cuando de pronto vi hacia abajo y ya no pude despegar la vista del suelo. Como si se tratara de un magneto, me llené de vértigo y me caí.
–¡Te dio vértigo! ja ja ja –no pude contener la carcajada– ¿Y de casualidad no serás alérgico al atún? ja ja ja.
–Ya cállate, si serás bruto –dijo muy serio–. Insolente, ¡no sabes nada!
–Bueno, por lo menos yo sí sé mantener los pies en su lugar...
–Cómo se ve que eres apenas un chico. Apuesto que jamás has salido a la calle.
–¿A dónde? –le pregunté yo.
–Mhhh –hizo una mueca que me dejó intrigado y paré de reírme–. Lo sospechaba.
–¿Qué es calle?
–No, chico, no es solo “calle”, es “Lacalle”. El lugar más emocionante que jamás podrías imaginarte. Un lugar donde no existen las leyes ni las limitaciones, el bien y el mal se confunden en un mismo laberinto y cualquier cosa puede suceder... créeme, cualquier cosa.
Debo confesar que sus palabras me intrigaron profundamente. Ocupé un lugar junto a él en el sofá y me dispuse a interrogarlo.
–Oye, y... ¿Lacalle es un lugar muy grande?
–Inmenso. Nadie ha visto sus orillas. Podrías caminar una semana, qué digo una semana, podrías caminar un mes entero sin encontrar el final.
–¿Tú lo has hecho! –le pregunté sorprendidísimo.
–Honestamente, no. Tengo una vista bastante buena desde allá arriba, por eso sé de lo que hablo, pero la verdad es que sólo una vez he estado en Lacalle, y eso fue hace muchos muchos años... tantos, que los recuerdos se me confunden con los sueños, con la imaginación... debo reconocer que ya estoy bastante viejo.
–Pero... pero... ¡Existe?, ¡es real?
–¡Por supuesto que existe, hombre! te digo que yo mismo he estado ahí. Era muy pequeño entonces, todo me daba muchísimo miedo, en especial los automóviles... estaba perdido...
–¿Automóviles?
–Sabes, dicen que Lacalle es infinita, que nunca se termina, se transforma y sigue y sigue hasta darle la vuelta al mundo.
–Y luego de que le das la vuelta al mundo, qué pasa.
–Pues encuentras más y más cosas. Te perderías. En Lacalle hay tantos recovecos, puentes, baldíos, gente, ¡muchísima gente!
–¿Gente?
–Sí, cientos, miles. Lacalle está llena de gente, y la gente no siempre es tan linda como Roxana, quien por cierto ya debe estar buscándome. Debo regresar, chico. Ha sido un gusto haber aterrizado en tu tejado.
El viejo se espabiló, estiró las extremidades y saltó del sofá. Por dónde pensaría que iba a salir, me pregunté, y lo seguí con la mirada. Leo fue hasta el final del pasillo, volvió, olfateó la rendija de la puerta y finalmente se plantó frente a mí:
–Me puedes decir cómo rayos salgo de aquí, por favor.
–¿No crees que si lo supiera conocería Lacalle? –le respondí suspicaz.
–Buen punto... Ninguna de las ventanas está abierta, ¿verdad?
–No.
–¿Ni una rendijita? Te puedo enseñar a abrir la ventana con las uñas, siempre y cuando no tenga puesto el seguro.
–Olvídalo, siempre están bien puestos los seguros, eso yo lo sé muy bien.
Leo comenzó a desesperarse, daba vueltas de allá para acá y miraba para todas partes. Al final se quedó mirando fijo al cielo a través del agujero que él mismo había abierto en el tejado. Estiró el cuello y gritó:
–¡Roxana! ¡Roxana, aquí estoy!
Pero dudo que su voz alcanzara a oírse hasta allá arriba. Me acerqué y alcé también la vista a través del agujero.
–¿Esa es tu ventana? –En lo más alto se veía la orilla de una cortina blanca que se hinchaba con el viento.
–Ajá... –dijo ignorándome, y volvió a gritar– ¡Roxana! –pero no se asomó nadie.
–Oye, creo que será mejor que lo tomes con calma –le dije, pero el otro pobre comenzó a saltar como si fuera a llegar hasta la orilla del muro–. He intentado eso siete mil cuatrocientas ochenta veces. No se puede, y menos tú, que...
–¡Que qué? –se detuvo muy enojado.
–Bueno, si quieres intentarlo inténtalo. Yo voy a comer algo.
En realidad me moría de ganas por seguir preguntándole cosas acerca de Lacalle, pero sabía que la única forma de conseguirlo sería llevándole la contraria. Leo por fin desistió de dar saltos y de llamar a Roxana. Volvió al interior de la casa. Se asomó a mi plato y dijo despectivo:
–Chatarra. Deberías alimentarte bien, chico.
Volvió a echarse en el sofá y se hizo el dormido.
–Leo... ¡Leo! Quiero conocer Lacalle. ¿Tú podrías llevarme?
–Claro, chico, no hay más que salir de este lugar, y estarás correteando por ahí todo lo que quieras.
–Bueno, entonces tan pronto como abran la puerta hay que escurrirnos entre los pies y escapar a toda prisa.
–Unos arañazos en las piernas, y verás como esa puerta se queda abierta de par en par...
–No, Leo, no seas salvaje. Además aquí quien tiene que escaparse soy yo, a ti ni te conocen, no tienen porqué detenerte.
–Bueno, como digas. Aunque allá afuera no puedes ser tan considerado, eh. Tendrás que defenderte con las veinte uñas.
–¿Apoco tan rudo es andar en Lacalle?
–Un poco, por la gente... por lo demás no hay que preocuparse, es un verdadero paraíso... Te voy a llevar a un lugar que te fascinará: un cuadro de bosque atestado de pájaros, ardillas y ratones.
–¡Pájaros! ¿Y se pueden comer?
–Claro que se pueden comer. Puedes llenarte la boca de pájaros si lo deseas. Andaremos por ahí un rato, luego volvemos con Roxana para que nos abrace y nos deje dormir junto a sus pies; ella es la única persona noble que conozco, la más amorosa y leal. Todos los demás son unas bestias.